AUTOBIOGRAFÍA MÍA /3
Finalmente
pude huir de la mafia italiana y regresé a ésta, mi ciudad. A los pocos días me
di cuenta que había vuelto totalmente cambiado; se habían modificado mis
gustos, mi conducta y mi forma de relacionarme con los demás. En síntesis: estaba
hecho un intolerante de mierda. Claro, haber sido un mafioso lleno de poder
no es algo de todos los días, y sus secuelas quedaron a la vista cuando intenté
reinsertarme a la vida del trabajador medio. Me sentía todo el día violento y
no podía evitar comunicárselo a los demás. Despertaba irritado por el sonido
del despertador y me acostaba irritado por saber que me quedaba un día menos de
vida. Subía al colectivo y le pegaba
un manotazo fuerte en la cabeza al chofer mientras le decía: “¡Uno de
ochenta, huevón!” y les gritaba a las señoras del primer asiento “¡¡Déjenme
esa silla a mí, viejas!!”.
También
tuve problemas con los kioscos: descubrí que me sacaban de quicio. Sufría
espantosos ataques de nervios al contemplar todas esas etiquetitas coloridas
transmitiendo impunemente su alegría maliciosa. ¡Odiaba todos esos envases
llenos de estúpidos nombres en diminutivo para un puto
alfajor mediocre!!! ¡”Chiqui-ñak”, “Frutisabor”, “Yummer”, “Rico Rico” y miles de
mariconerías más destinadas a malcriados y antojadizos seres carne de cañón del
bombardeo publicitario buscando pudrirse la boca a base de azúcares de dudosa
procedencia! En síntesis, los kioscos me exasperaban y me transformaban en un
psicópata ingobernable. Eso provocaba que no pudiera contener la ira y me
abalanzara sobre todas las golosinas, las esparciera por el suelo sin
miramientos y saltara sobre ellas hasta reducirlas a un puñado de cenizas
asquerositas. También era usual que los kiosqueros
-al igual que los colectiveros- solieran dedicarse a golpearme el rostro
durante no menos de 15 minutos.
Así fue
que todo Buenos Aires se me transformó en un hervidero de lugares odiosos. El
colmo llegó un día jueves. Recuerdo que mi mañana se agrió desde el momento en
que, andando por la calle, pasé frente a una tienda llamada “Todo x $ 1,99...”
Mi alma se agitó de furia al no comprender por qué maldita razón el nombre del
negocio tenía puntos suspensivos. ¿Acaso había necesidad sintáctica de poner
esos puntos? ¿Buscarían darle un giro dramático al peso con noventa y nueve o
intentaban sugerir que detrás de esa cifra se escondía algo misterioso? Nunca
lo supe, pero ese detalle tensó mis nervios hasta límites insostenibles. Para
relajarme, decidí dar un paseo por la plaza. Llegué, me senté cómodamente en un
banco y me puse a contemplar pacíficamente a las palomas.
Y en eso,
llegó un niño. Un niño amigable. Un detestable niño sonriente con una
remera con payasitos y una asquerosa manzana acaramelada y deforme en su mano.
-Me llamo Matiaz. -me dijo.
-Bien
niño, pues yo no. Ahora vete. ¡Fuchi, fuchi! -respondí, alejándolo con la mano.
-Me gustan
laz palomaz.
-Bueno.
-Me gusta
la plaza.
-Bueno.
-Me gustan
laz hamacaz.
-Bueno.
-Me gustan
laz eztuataz.
Una señal
de alarma se encendió en mi cerebro: -Perdona, niño: ¿qué dijiste?
-Laz eztuataz. Me gustan laz eztuataz. ¡Me gustan!
-Estatuas,
niño: se dice ESTATUAS.
-Ezzz... ¡tuatuaz!
-No, no,
IMBÉCIL, tus 4 añitos no me conmueven y tu errónea dicción me parece más digna
de rechazo que de festejo, ¿entiendes?
-¿Jugamos
en laz eztuataz?
-No
pronuncies más esa palabra mal, NIÑO...
-¡Eztuataz, eztuataz! ¡EZTUATAZ!
Creo que
en ese momento mi irascible carácter sufrió una sobrecarga. Tomé a ese pequeño
buitre burlón del cuello de su remera de payasitos y comencé a zamarrearlo
mientras le gritaba: -¡Ustedes los infantes con su terminología carente de
exactitud son los que hacen que “automóvil” se transforme en “tutú” y “felino”
en “miau miau”! ¡Por su culpa nuestra maravillosa
lengua hispana se reduce a un puñado de monosílabos decadentes y para peor
vuestros progenitores, lejos de corregir eso, lo fomentan y ríen de felicidad
cuando dicen “mu” en vez de “res”!!
Pero el
niño no comprendió ni una sola palabra de lo que dije y huyó llorando cobardemente.
Finalmente terminé siendo detenido por agresión física a menores, aún a
sabiendas que el que debía ir detenido era él por agresión auditiva a mayores.
Pero sabemos que la justicia en este país es ciega, sorda, muda e incompetente
y eso causó que me enviaran a la prisión.
En el
próximo número les contaré lo que pasó durante mi experiencia carcelaria.
CONTINUARÁ... (y acá sí están bien usados los puntos
suspensivos)