LAS EMPRESAS FEUDALES o LOS NUEVOS
SEÑORES
Retrocedamos
a la Edad Media: ¿Cómo se vivía entonces? Los campesinos o civiles (de las
ciudades o "cives-civitis),
sacudidos cada tanto por el paso de un ejército ajeno o propio, estaban siempre
a merced de tener que donar sus cosechas, sus bienes o sus hijos para los
diferentes ejércitos que se les aparecían. Entonces, temerosos de los bandidos,
etc., se ponían bajo la protección del Señor feudal, para que les defendiera,
les diera seguridad, les dejara entrar dentro del recinto amurallado si había
ataque... en fin. Creaban su propia tribu y juraban lealtad a su Señor. El Señor podía abusar o no. Cobrarles
derecho de pernada, impuestos, pedirles lo que se le antojara: para eso era el
Señor. Pero ellos lo consentían, aunque fuera a regañadientes, porque cambiaban
libertad por seguridad.
Hoy en
día, las cosas han cambiado un poco. Claro. Nadie se imagina a Jordi Pujol pidiendo ejercer el derecho de pernada sobre las
tiernas pubillas catalanas. O a Fraga en Galicia...
Excepto que se lo pidiera alguna lúbrica novieta, que
quien sabe las fantasías morbosas que pueden tener. O a los alcaldes o Regidores
de Cultura solicitando lo mismo... Somos libres. Ya no existe la figura del
Señor Feudal a quien se pedía protección y al que se le cedía una buena parte de
nuestra libertad a cambio de protección y seguridad. ¿O sí?
Sí. Los
modernos señores Feudales, son los empresarios. A ellos todos acudimos y
tratamos de alinearnos en una empresa lo más fuerte posible (tu empresa le gana
a la mía, Mi jefe la tiene más larga que el tuyo) Conducidos por un caballero
victorioso, al cual se le perdonan y celebran las trampas y tretas siempre que
nos traigan beneficios a nosotros, aunque perjudiquen a los otros, marchan las
huestes de los modernos siervos de la gleba hacia la victoria.
. .
Es más. A
los Jefes se les supone habilidad parta las tretas empresariales y se espera que
las hagan, en su y nuestro provecho: cuanto mejor le vaya a nuestra empresa, más
seguros y contentos estamos. (Si le va mal, o tienen que cerrar, nos ofendemos
horrores). Aunque seamos víctimas del “mobbing”,
acosados sexualmente, o simplemente tratados “más o menos”, o “no sabe, no
contesta”, queremos ser conducidos por el mejor y más hábil de los Jefes (y
esperemos que no se equivoque o meta la pata, que si no, ja l’hem cagat!!) ser conducidos hacia el éxito, para mayor gloria de los
Bancos. Hasta la Victoria, siempre!... Ay!, como ha cambiado esa victoria.
LA IGLESIA
BANCARIA
.¿Y cómo es
esa victoria? ¿Cuál es la victoria a la que aspiramos todos con devoción?
Simple, señores: Ser rico. O
poder parecerlo. Y ustedes saben que rico no es el que tiene sino el que puede…
el que puede endeudarse. Nuestra victoria es poder deber cada vez más a los
bancos (casa, coche, muebles, préstamos para la reforma de la casa, para el
título de nuestro hijo, para la segunda casa, para el barquito, para el coche de
la señora, para poderle regalar un coche al niño cuando termine la
licenciatura. . .). Y como todos estamos dependiendo de
los bancos, nos aprendemos los códigos de conducta bancarios: si eres bueno de
cara al banco, tal como quiere el banco, te recompensarán prestándote tu propio
dinero, o el de tu amigo del alma, (que por cierto, a ti personalmente jamás te
lo prestaría). Para eso tienes que ser fiable, regular, constante, tener un
ingreso seguro (si eres un profesional liberal, la cosa cambia: ¿Tiene
propiedades, quien le puede avalar?...)
Así como
antes era la Iglesia la que nos imponía las normas, ahora, quienes nos enseñan
ética y moral, son los bancos. NO nos preguntan si
tenemos novias, nos la machacamos con un martillo o pensamos que los medios de
producción tienen que ser del que los trabaja: solo nos preguntan cuánto tenemos
y hasta donde estamos dispuestos a llegar para tener más: estamos dispuestos a
arriesgar la casa de nuestros padres?.
Con quien
nos confesamos, es con el banquero: nos ríen las aventuras, nos pasan con cara
de comprensión las trampas a hacienda, pero son quienes más saben de nosotros. Y
están conectados por Internet a todos los sistemas de seguridad: si hace quince
años asesinamos a nuestra novia, no lo saben. Pero si dejamos de pagar la cuota
del maldito curso de inglés en casetes que nos encasquetaron por no saber decir
que no, entonces, sale: “es que le sale una deuda incobrada. Sale en la lista de
deudores morosos” – “Oiga, fue hace quince años, eran siete mil pesetas y ya las
pagué en el noventa y tres, creo…” “Vale, vale, póngase en contacto con ellos y
vuelva en dos semanas. Tenemos que estudiarlo”.
¿A que
aprendemos, personas? Pues a matar el romanticismo, la bohemia y las bellas
confusiones existenciales: aprendemos a cambiar libertad por seguridad. Has de alinearte tras una empresa
fuerte, segura, con un salario fijo lo más firme posible. O entrar a una empresa
más pequeña, pero con cinco años de antigüedad. Somos los siervos de la gleba,
mejores, educados, leídos, orgullosos de nosotros, pero nuestro espíritu sigue
igual. Necesitamos a nuestros caballeros en los torneos y cuantos, al caer en
desgracia De La Rosa, o Mario Conde, o el de Rumasa, no se habrán dicho: si
saliera de la cárcel y me empleara, haríamos muchos negocios buenísimos!!!.